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Rózsa-Flores Eduardo blogja
2006. dec. 9.
Entrevista para periódicos bolivianos
Rózsa
El Deber (Santa Cruz) - Los tiempos (Cochabamba)
Su vida ha sido llevada al cine y el próximo año se Soldado y héroe en Croacia, corresponsal en Albania, poeta en Hungría, activista en una misión humanitaria en Irak. Agente secreto, actor, productor de documentales y articulista en medios de comunicación. Cuesta creer que todas estas actividades hayan sido realizadas por un solo hombre. Por eso su vida ya ha sido llevada al cine en el filme Chico, de la directora Ibólya Fekete, y en enero de 2006 se iniciará la filmación de uno de sus libros testimoniales sobre la guerra de Los Balcanes. El protagonista de estas historias es el cruceño Eduardo Rózsa Flores (45). Un hombre que ha provocado admiración, críticas y polémica. Lo cierto es que, ya sea a favor o en contra, nadie puede sentirse indiferente ante sus acciones, que parecen más cercanas a un personaje de ficción que a uno de la realidad. Sin embargo, muchas de sus aventuras no han tenido los finales felices de la ficción y en cambio, como el mismo dice, han estado teñidas de sangre, dolor y lágrimas. Es que en la ‘gran película’ de la vida, las pérdidas humanas no son parte del adorno de la trama, sino que cuentan, porque cada persona es irreemplazable. Dos meses atrás, uno de los canales de televisión por cable local incluyó en su programación Chico. Ésa fue la excusa para buscar a Rózsa. Luego de un par de semanas y de direcciones erradas logramos encontrarlo. Convertido al islamismo, es actualmente el redactor en jefe de la revista Comunidad Islámica Húngara, actividad que comparte con otros oficios periodísticos y actividades de ayuda humanitaria. Amable y siempre cordial, accedió a respondernos un extenso cuestionario sobre su vida que se sintetiza en las siguientes líneas. Eduardo Rózsa nació en Santa Cruz de la Sierra en el año 1960. Su padre, Jorge Rózsa, era húngaro, descendiente de judíos y fue uno de los principales impulsores de las artes plásticas y la dramaturgia en el departamento. Su madre, Nelly Flores Arias, una cruceña que, junto con el cariño maternal, le inculcó su apego a la religión. Su educación en primera instancia se alimentó con lo que recibió en casa de sus padres y familiares. "Mi madre y su familia, católicos; mi padre, marxista y ateo recalcitrante. Ya se pueden imaginar los 'carnavales' familiares". Sin embargo, hubo una persona a la que considera muy importante en su niñez: su tío Jorge Flores Arias. Un político con una personalidad que impresionó al pequeño Eduardo. Vivía en Cochabamba, pero cuando no tenía algún cargo en La Paz o no estaba exiliado, visitaba Santa Cruz. "Recuerdo que era la época del Gobierno de Barrientos Ortuño cuando su partido estaba en la ilegalidad. Mi tío Jorge aprovechaba los encuentros de fútbol en el estadio para encontrarse con sus camaradas, burlando así a los señores de la policía política. Ya pueden imaginarse cómo odiaba yo esos encuentros: primero, porque no entendía nada de lo que pasaba en la cancha y de igual manera no comprendía una palabra de lo que hablaban los mayores". Eran tiempos en los que sucesos como la masacre de San Juan, en junio del 67, la guerrilla del Che, las actividades de su padre en la lucha por la autonomía universitaria (en aquellos años él era profesor y, luego, director de la Escuela de Bellas Artes) fueron marcándolo. Con el golpe de Estado de Hugo Bánzer Suárez su familia se vio obligada a exiliarse en Chile. Su llegada coincidió con el último año del Gobierno de Salvador Allende y el posterior golpe de Estado de Pinochet. Ingresó en una escuela de jesuitas donde confirmó la atracción hacia la Iglesia, como institución y como doctrina, que empezó a sentir en sus épocas de monaguillo en el colegio La Salle de Santa Cruz. Relata el propio Rózsa que para entonces ya realizaba ‘pintadas’ a favor de Unidad Popular en los muros de la capital chilena. La dictadura, sin embargo, los obligó a permanecer dos meses en un campo de refugiados en las afueras de Santiago. Cuando pudieron partir, su destino fue Hungría. “Fue como si a uno lo sacasen de las tibias aguas del Piraí para sentarlo en un congelador a 20 grados bajo cero. El así llamado ‘socialismo real’ de János Kadar era la versión más aburrida de todas las de la órbita soviética de ese entonces. Mediocridad, inexistencia de una sana y necesaria sensación de futuro, silencio de cementerio. Una dictadura con olores de cadáver”. Una vez que terminó el bachillerato decidió ingresar en una escuela militar. Su objetivo: terminar sus estudios para volver a América Latina con experiencia militar. “No lo niego; si en ese entonces algo brillaba ante mis ojos, era la figura del Che, la guerrilla truncada y la necesidad de continuar lo que ellos no habían podido llevar al éxito”, rememora. Después de algunos años en una de las escuelas militares húngaras, lo enviaron por un breve periodo a la Academia F. E. Dzerzhinski en la Unión Soviética. La escuela llevaba el nombre del fundador de la Cheka, antecesora de la KGB. “Allí sufrí mi segunda desilusión del ‘socialismo real’. Los rusos y los camaradas de la órbita soviética se dedicaban al trapicheo y al contrabando de todo tipo de cosas antes que a prepararse. Se suponía que a esa escuela asistía la futura elite que defendería el socialismo. Me di cuenta de que todo era puro teatro, palabras vacías, que para nadie significaban nada”, argumenta Rózsa, que luego, a su regreso a Hungría, ingresó en los servicios de inteligencia. De ese modo fue como llegó a conocer al famoso terrorista Ilich Ramírez Sánchez, alias Carlos o El Chacal. Escueto en los detalles ‘novelescos’ de ese encuentro, cuenta que Carlos durante esos años alternaba su residencia en varios países socialistas: Alemania Oriental, Hungría y Rumania. Desde ahí dirigió atentados en la zona occidental de Europa. “Mis contactos con él no fueron numerosos, pero se desarrollaron en un ámbito de camaradería y casi de amistad. Vale acotar que nunca estuve de acuerdo, ni lo estoy ahora, con acciones armadas que impliquen objetivos civiles indefensos. En ese tiempo se lo dije a Carlos pero, claro, él tenía sus respuestas preparadas: ‘Es un buen método para presionar’ o ‘es buena propaganda’, insistía”.
Decepcionado por lo que le había tocado experimentar de esos campos y con la sensación de estar en un callejón sin salida, decidió darle un vuelco radical a su vida e ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Budapest. Allí concluyó estudios de literatura comparada, lingüística y politología. Mientras realizaba sus estudios, empezó a trabajar para la agencia cubana de noticias Prensa Latina y en un empresa editorial donde aprendió los secretos del oficio. “No elegí el periodismo. Fueron las circunstancias y el veamos qué es lo que pasa, lo que me llevaron a elegir esa profesión”, explica hoy Rózsa. En esa época también conoció a Ricardo Estarriol, corresponsal del diario español La Vanguardia, de Barcelona. El periodista lo invitó a colaborar con su diario, pero rechazó la propuesta, ya que aún se consideraba marxista y escribir para ese diario implicaba hacerlo para un ‘diario conservador y de derecha’; además, Estarriol era enemigo del comunismo y un férreo defensor del catolicismo. No obstante, su experiencia en Croacia fue el detonante que le cambiaría nuevamente la vida y le haría girar su rumbo. Dedicado enteramente a su trabajo periodístico, cubrió día tras día, durante tres meses, el conflicto en el lugar de los hechos cuando todavía estaba en sus inicios. “Fue el tiempo necesario para convencerme de la falsedad, hipocresía y maldad de las ‘democracias’ occidentales. Para agosto de 1991, los serbios ya habían cometido sus primeras masacres (casi todo el ejército yugoslavo, en ese entonces el tercero en Europa en cuanto a potencia de fuego, estaba en sus manos). Habían destruido e incendiado los primeros pueblos (entre junio y julio se inició la guerra en Eslovenia y al poco tiempo en Croacia) y nadie movía un dedo por detener la barbarie desatada. Ver civiles, ancianos, niños y mujeres huyendo sólo con lo que llevaban puesto, iglesias ardiendo por los cuatro costados y montones de cadáveres en las calles... fue algo que me golpeó profundamente”, recuerda el periodista, que después del asesinato de un colega de la televisión croata, Zarko Kaic, a manos del ejército serbio, se preguntó si viendo lo que estaba pasando tenía valor alguno seguir describiendo los hechos sin tomar partido. No tardó en responderse a esa interrogante y decidió presentarse ante el comandante de la guarnición croata que defendía Osijek, en el extremo oriental de Croacia y casi en la frontera con Serbia. Pidió que le dieran arma y uniforme y al principio el militar trató de disuadirlo explicándole que él era más útil como periodista, pero al final no logró convencerlo. Mucho tiempo después se enteraría de que fue el primer ciudadano extranjero en alistarse en la Guardia Nacional Croata. “Lo que me llevó a combatir al lado de los croatas fue la rabia y la impotencia. Un pequeño país, casi indefenso, atacado por un vecino poderoso, fuerte y armado hasta los dientes... Vaya, el que deja pasar una oportunidad así, inclusive de morir, si así Dios lo dispone, por una causa indiscutiblemente justa sin tomar partido, o es un imbécil o un cobarde”, sostiene Rózsa, que cree que los croatas no atacaron a nadie y que lo único que hicieron fue el uso del derecho a la defensa. Un derecho que, considera, no se puede negar a ningún pueblo que intenta organizarse y busca alcanzar la independencia. Su decisión no sólo fue muy criticada por algunos colegas periodistas, sino también por su padre, que cuestionó duramente su posición en el conflicto. “Yugoslavia era un país artificial, con fronteras artificiales, con seis pequeñas naciones encerradas en él. Los croatas y los demás tenían y tienen derecho a la independencia. Esto no es cuestión de derecha o de izquierda... Como el derecho de los bolivianos a combatir y a lograr la Independencia el 6 de agosto de 1825. Y mi derecho a combatir al lado de los croatas también estaba claro. Llenaría varios libros sólo enumerando a los ‘extranjeros’ que combatieron en nombradas guerras de similares características como la Guerra de Independencia Americana y la Guerra Civil española”, justifica Rózsa.
El ejemplo del boliviano atrajo a otros voluntarios de diferentes países y se formó la Primera Brigada Internacional Croata, que llegó a reunir a más de 380 soldados de más de 20 países con el fin de apoyar la causa croata. La fama de la brigada traspasó fronteras y nuevas polémicas con periodistas que lanzaron acusaciones contra el líder de la Brigada. Rózsa dedica fragmentos de su libro Guerra Sucia a desmentir esas acusaciones y plantea su posición, además de describir esos años de muerte y lucha en la región. "Muchos de esos voluntarios murieron, demasiados creo yo, pero la mayor parte pudo ver nacer, con satisfacción, la nueva y democrática Croacia. Para hoy, un país próspero y que se desarrolla dinámicamente. Media Europa va a la Costa Adriática a disfrutar de sus vacaciones. Su incursión en la actuación cuenta que también fue producto de las circunstancias, ya que la directora de Chico, al no encontrar un artista profesional que hable con fluidez varios idiomas, le propuso que se interprete a sí mismo. "Me pusieron entre la espada y la pared, y tuve que aceptar", cuenta. Rózsa ha trabajado también llevando ayuda humanitaria a países como Indonesia, Sudán y en varias oportunidades Irak, país del cual indica que rechaza la intervención estadounidense. Consultado si volvería a tomar las armas como lo hizo en Croacia, Rózsa afirma que sí lo haría... "Sólo que ya no creo en las causas absolutamente limpias. No las hay. No me considero un héroe, prefiero definirme como un idealista. Elijo soñar con un mundo mejor a sentarme detrás de la ventanilla de un banco a manipular dinero. Mi gran suerte fue haber estado en el lugar adecuado en el momento preciso y haber tomado la decisión correcta cuando se me dio esa oportunidad. Creo que esto se da una sola vez en la vida. Mejor así. A mí me basta con haber ganado en una guerra de independencia. No soy Don Quijote y, aunque sigo reconociendo su valor y su ejemplo humano, no me atrae la suerte de Ernesto Che Guevara", concluye, días previos a decidir si aceptará la invitación del Gobierno sudanés para trabajar como coordinador en la limpieza de minas que han quedado de los conflictos bélicos de ese país. “Contigo en la distancia” “Santa Cruz es el inicio de todo. El punto de partida. La esencia. Los primeros olores, fragancias…que estando yo en cualquier parte del mundo, ya sea en Jakarta o en algún rincón de Croacia o Hungría, de repente atacan…basta cerrar los ojos para que me invadan las sensaciones, los recuerdos de mi niñez. Hace poco estuve en Indonesia, llevaba una donación para las víctimas del tsunami. Paseando por las calles de Jakarta, tome caldo de caña, y recogí una flor, un 'gallito'. No había visto ‘gallitos’ desde que salí de mi ciudad natal. A eso me refiero. Santa Cruz es algo omnipresente en mi vida. Una constante. En el fondo soy cruceño, y si eso, esté donde esté, no lo destaco a cada minuto, es porque uno no puede andar explicando detalles que a lo mejor son demasiado íntimos y por lo tanto irrelevantes para un desconocedor de nuestro mundo. Siempre seré boliviano. Nací en Santa Cruz y éste es un dato que no puedo ni quiero negar. El que uno viva aquí o allá, no quiere decir nada. Lo que importa son las raíces y mis raíces están en esa parte del mundo que se llama Bolivia. Soy camba y lo seré siempre, aunque esto no tenga traducción a otros idiomas. Cuando puedo festejo con mis amigos -que no son bolivianos- los 6 de Agosto, y los 24 de Septiembre me encierro a escuchar un ya rayado disco de Gladys Moreno, herencia (el disco) de mi madre. Son mis ritos privados, los más íntimos. Estoy al tanto de lo que sucede en el país. Lo único que me atrevo a decir desde la distancia es que creo que ya es hora de que Bolivia viva mejor. Nuestra nación se lo merece. Me duele en lo más profundo ver constantemente a mi patria natal como un barquito a la deriva, en la cubierta del cual todo el mundo se pelea con todo el mundo y no se dan cuenta de que la nave hace rato que está encallada y hace agua por todos los costados. Repito: ya es hora. Mis padres murieron en Bolivia. Retornaron en 1994. Papá murió en 1997; mi madre falleció el año pasado. Mi hermana menor, creo, actualmente vive en Bolivia. No tengo relación con mi familia. Es culpa mía, obviamente. No puedo esperar de nadie que entienda y acepte todo lo que he hecho a lo largo de mi vida. Espero, a pesar de todo, que en el fondo, aunque no lo reconozcan, sientan una pizca de orgullo cuando se trata de mí. De lo que he hecho, no de cómo soy.” Películas y algunos de sus libros.
La película Chico cuenta entre sus galardones internacionales con los de mejor dirección y el premio ecuménico en el Festival Karlovy Vary, de la República Checa. KategóriákInterjúCímkék2004 2005 , spanyolKomment
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Hola Eduardo:
Estaba leyendo el último libro de Manu Leguineche, el famoso periodista español, y en él hay una breve cita sobre ti: "Un periodista q ue toma partido en la guerra de los Balcanes", y me entro curiosidad por conocerte, y conocer tu historia; y aquí me tienes. Nada más que saludarte, y que sigas luchando no con las armas, sino con la PALABRA, por aquello en lo que creemos, respetando el derecho a la opinión y a la vida de todos los seres humanos.